Raúl Alfonsín: más allá y más acá del sistema democrático

Por Julio César Guianze
"La intolerancia, la violencia, el maniqueísmo, la compartimentación de la sociedad, la concepción del orden como imposición y del conflicto como perturbación antinatural del orden, la indisponibilidad para el diálogo, la negociación, el acuerdo o el compromiso, han sido maneras de ser y de pensar que echaron raíces a lo largo de generaciones en nuestra historia. Y que, por cierto, constituyen todavía hoy una de las principales rémoras y déficit con las que carga nuestra democracia"
Fragmento del último discurso de Raúl Alfonsín, octubre de 2008.
La asociación entre Raúl Alfonsín y Democracia resulta indiscutible. Pero el enorme aporte que realizó al conducir a la sociedad argentina hacia el sistema democrático oculta el malogrado destino que tuvo su enseñanza cívica.
Porque, como Alfonsín mismo afirmó en su último discurso, además de instituciones democráticas, se requieren sujetos democráticos…
¿Entonces? Más allá de la admiración y la pasión que me despertó cuando era adolescente escucharlo y más allá, también, del afecto que le tomé al tratarlo, cada tanto releo algunos de sus libros para intentar justipreciar su verdadero valor de cara a los tiempos que vive la Argentina, y al hacerlo, dimensiono nuevamente todo lo que intentó ofrecer a una sociedad que, de cierta forma, parece no haber atendido sus enseñanzas.
A continuación, enumero algunos títulos de sus lecciones olvidadas:
Nunca fue antiperonista: Esta es una lección para quienes se dicen alfonsinistas o se perciben cerca de su prédica. Por el contrario, una de sus grandes novedades fue plantear la superación de lo que llamaba "oposiciones irreductibles", aquellas que históricamente habían desangrado al país.
Predicó la ética de la solidaridad: trasladando del plano moral al plano social el concepto de "religión cívica" pregonado por Hipólito Yrigoyen, principio que hoy parece un objeto vintage que solo decora algunos discursos más o menos vacíos.
Luchó contra los poderes fácticos: Mostró siempre que una tarea vital consiste en trabajar para actualizar las normativas legales, con el único objetivo de aumentar el poder ciudadano por sobre las corporaciones, los sectores de presión, las potencias extranjeras, los acreedores y las entidades dogmáticas.
Fomentó la cultura del encuentro: Transmitió la disposición y la voluntad de escuchar lo que el otro tiene para decir. Sin necesidad de adherir, buscaba no solamente aceptar el derecho a que esa opinión se exprese, sino encontrar qué coincidencias podían hallarse entre posturas aparentemente antagónicas.
Debatió ideas, no personas: Repitió en mil escenarios que, en el seno de la democracia, no se debía personalizar la discusión. El foco siempre debía estar en los argumentos y en no cruzar jamás los límites del respeto mutuo.
Rechazó el culto a la personalidad: Aconsejó firmemente alejarse de la adulación a los dirigentes, porque entendía que esas prácticas son las semillas de la idolatría y el fascismo.
Equilibró la convicción y la responsabilidad: Tuvo siempre un mensaje para proponer la reflexión alerta. Sostenía que, al momento de tomar decisiones, juegan en simultáneo la ética de los principios —aquella que se respalda en las convicciones profundas— y la ética de la responsabilidad, que obliga a medir el impacto y las consecuencias reales de aquello que decidimos.
Me pregunto, entonces, si Raúl Alfonsín no podría parangonarse con un gran constructor que fuera recordado y homenajeado por haber levantado los cimientos y las paredes de una casa resistente —la democracia argentina— en medio de una tormenta, mientras se deja de lado que su verdadera voluntad fue enseñar a los habitantes de esa casa cómo deberían convivir dentro de ella…
De allí que considerar a Raúl Alfonsín únicamente por el "establecimiento del sistema democrático" resulte un acto de reduccionismo. Aunque, la gran paradoja tal vez sea, justamente, que, mientras el establecimiento del sistema le es unánimemente reconocido porque pudo concretarse en términos formales, su pedagogía cívica parece no haber encontrado terreno fértil.
Sólo basta hacer un amplio y rápido paneo para observar el estado de degradación de las instituciones, con el funcionamiento corporativo de gran parte de la justicia como señal más alarmante, o atender a esa porción enorme de periodistas convertidos en voceros a sueldo de intereses específicos… Alcanza, también, con escuchar el griterío insultante que surge de las gargantas del poder, para captar el fracaso de aquella tarea pedagógica. Porque esas conductas y actitudes no solo emanan de los niveles más altos de la responsabilidad institucional, sino que se repiten, copian y multiplican de forma cotidiana en las calles, las fábricas, los bares, las aulas e innumerables ámbitos públicos, alejándonos cada día más de los principios que Alfonsín intentó trasmitir…
Tal vez por eso decida, entonces, cerrar esta apurada y desprolija intervención, citando, como lo hizo el propio Alfonsín en el discurso que pronunció cinco meses antes de morir, al filósofo italiano Norberto Bobbio: "Somos también lo que elegimos recordar".